La iluminación a gas alumbró los días de gloria del Teatro Real

Corría el año de 1850, cuando el Teatro Real fue inaugurado. Su apertura coincidió con el cumpleaños de la reina Isabel II, y fue así prevista la gala, como regalo de su esposo, el rey Fernando VII, promotor de esta obra. Como correspondía a tan majestuosa edificación, el recinto contaba con el más novedoso sistema de iluminación de la época: el gas.

Para acometer esta instalación de gas fue necesario realizar una canalización especial, desde la tubería principal de suministro, ubicada en la calle Toledo. Se dividió la acometida en seis ramales para dar luz a todo el teatro. Esto permitió que se colocaran dieciséis candelabros en el exterior, así como lámparas con tubos y bombas de cristal para alumbrar los espacios interiores.

Pero la atracción principal era la gran lucerna central que iluminaba la sala. Tenía una dimetro de trece pies y fue realizada en cristal y plaqué de oro, con ochenta flameros.

Cinco años más tarde se produjo un accidente, debido a la rotura de las tuberías de gas, que provocó el corte del suministro de luz. A pesar de ello, los actores culminaron la función de la pieza Roberto il diavolo, iluminando la sala con bujías y hachones.

Otro incidente de importancia se registro en 1867, cuando se desató un incendio que afectó tanto las instalaciones del conservatorio de música, como los decorados y salones. Incluso la estatua de la reina Isabel II sufrió daños con las llamas. Aunque nunca se establercieron las causas del fuego, se cree que se originaron por una fuga de gas.

La luz eléctrica llegaría al Real en 1881, gracias a tres “soles eléctricos” importados desde París por el empresario José Fernando Rovira. Se trataba de focos de arco voltáico, que complementaban la iluminación a gas. Fueron colocados uno sobre la escena, otro en la lucerna central y un tercero en el zaguán de la plaza de Isabel II.

Pero fue en junio de 1888 cuando la Sociedad Matritense de Electricidad se adjudicó el contrato para el alumbrado del teatro. La instalación eléctrica incluía cuatro arcos voltáicos y más de dos mil quinientas lámparas, que se alimentaban mediante tres calderas de cien caballos cada una.

Fue tal el acontecimiento que la prensa madrileña dedicó un buen espacio a detallar la instalación. La describían con minuciosidad, indicando no sólo la cantidad de componentes y su voltaje, sino incluso las marcas de los fabricantes. Así, hablaban de los 100 voltios que emitían los cuatro dínamos Brown, conectados a dos máquinas de vapor de 70 caballos y 350 revoluciones, que se surtían de tres calderas Babcock Wilcox, ubicadas en el sótano del teatro.

Posteriormente se conectó la instalación eléctrica del Teatro Real a una central eléctrica exterior. La energía se distribuía a través de cables que corrían por los canalones de las cubiertas. El problema se presentó cuando esos cables se sobrecalentaron y fundieron los canalones metálicos, causando fallas de luz y goteras.

A partir de 1891, la iluminación del teatro dependió exclusivamente del suministro eléctrico, pues fueron retiradas todas las conducciones del gas.

Esta recinto se mantuvo abierto hasta 1925, cuando fue necesario acometer una reforma integral. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil interfirió con estos planes, y fue hasta 1966 que pudo nuevamente albergar los espectáculos de ópera para los que fue creado.

El Teatro Real ha sido catalogado como Monumento Histórico, y como tal figura en la lista de Bienes de Interés Cultural del Patrimonio Histórico de España.